La tormenta

Una gran tormenta ruge últimamente dentro de mi cabeza. Los estruendos y toda esa fuerza eléctrica me supera. No me deja actuar como yo suelo hacerlo, ni me deja escribir. Necesito que las nubes se despejen.

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La velocidad

Suspiro por todos aquellos momentos que no pude ni respirar al ritmo que era preciso. Estoy tan impedido para escribir ahora mismo como para contemplar el infinito. Espero poder volver a mirar al oeste, pero mientras tanto no levantaré la mirada, de forma preventiva.

America: land of freedom?

Los americanos confunden el concepto de libertad con el de individualismo. La principal diferencia viene marcada por la acción, siendo en pos del individualismo no siempre se piensa en la libertad. Hay que tener siempre muy en cuenta que la libertad nos afecta a todos por igual. Por ejemplo, un americano atipificado tiene la libertad de tener un arma. No obstante, para que tener un arma sea una acción en pos de la libertad se debería de valorar cómo afecta esto al resto de la sociedad. Los americanos dicen no tener sanidad pública porque así tienen “la libertad” de decidir su sistema sanitario personal. No obstante, la enfermedad es una tara para la libertad, y asegurar una sanidad universal es asegurar una mayor libertad a la sociedad.

Gus

Gus había alimentado tan poco a sus pasiones que cuando estas crecieron no dudaron en devorárselo. Murió joven, no dejó ninguna herencia. Nunca acabó su obra, tampoco la comenzó. Vivió en el suspiro de intentar hacerlo mejor. Su ambición corría menos que sus propios pies. Pudo haber sido el mejor de una generación en algo, pero nunca llegó a intentarlo. Pero sobre todo murió feliz.

Leo

Leo era el menor de seis hermanos de una curiosa familia. Su madre era bailarina y su otra madre era minera. Pero obviamente eso no era lo curioso de la familia. Cuando Leo cumplió los trece años de edad, unos forasteros entraron en su aldea para masacrar a toda la población. Ni siquiera lo hicieron por dinero, simplemente fue un capricho para su diversión. Solo Leo sobrevivió, y todavía a día de hoy es incapaz de explicar lo que sucedió. Ahora bien, yo sí que puedo contar esa historia. Aquel día Leo cogió el pico de su madre y se lo clavó a los asesinos de su familia en distintas partes de su cuerpo. Las partes seleccionadas por nuestro amigo fueron: el ojo derecho, el ojo izquierdo, el cuello, el pectoral derecho, una nalga (no recuerdo cuál), las ingles y lo que no son las ingles. Leo se notó en paz con el pico en la mano. Así comenzó la pasión de nuestro afable y curioso protagonista por las armas. No era una cuestión de necesidad, ni de supervivencia, ni de poder. Era algo muchísimo más zen. En las armas, Leo conseguía alcanzar el mismísimo nirvana.

Esa es la razón principal de que el revólver de Leo mida cuarenta y cinco centímetros de largo. Cuando utilizas un arma como un rosario, no es de extrañar que este sea de plata. Tenía también un machete de filo más largo que un brazo medio, pero ese fue un regalo de un viejo amigo, del que hablaremos tarde o temprano.

Leo siempre fumaba yagé seco en pipa y también tenía un caballo inmortal que cambiaba de color. Alteraba entre varios tonos de negro a blanco en función de la fuerza o la velocidad que emplease, respectivamente. El caballo se lo ganó a un mercader gitano en una feria. El premio máximo se alcanzaba con pulverizar tres palillos en tres tiros. Leo disparó un solo tiro y alcanzó a los treinta y seis palillos que estaban dispuestos para que los clientes disparasen. El feriante quedó impresionado y no dudó en regalar aquel magnifico animal como premio por su hazaña.

El señor de la barba gris

Por la ventanilla pude ver al señor de la barba gris. Aquel buen hombre se sentaba todas las mañanas en el porche y miraba fijamente al infinito. El señor de la barba gris esperaba que su mujer volviese a casa. Su hijo pequeño cuidaba de él, pero ni siquiera le reconocía. El señor de la barba gris solo tenía la cabeza para recordar la impoluta y clara imagen de su mujer vestida con un vestido amarillo y una pamela a juego, justo como el día en el que la vio por última vez.

Azul

Me obsesiona el color azul. Pienso en una mujer descalza por la playa con un vestido largo color turquesa. Al fondo está el mar, tan azul como el mismísimo cielo, pero un poco más oscuro. Pienso en salir a la calle y solo ver el azul. Hoy no quiero más colores, me basta con solo uno. Imagino abrir la ventana de mi habitación y dejar pasar todo ese azul de mi patio hacia dentro. Mi casa se inundaría en un sinfín de tonos próximos al cian y al celeste.

Pero solamente hay azules en mi cabeza, y si saco la cabeza por la ventana solo veo grises. Tendré que esperar a que la nube pase para poder volver a mirar al cielo. Entonces el azul y yo nos encontraremos cara a cara y nos miraremos a los ojos como nunca antes lo hemos hecho.