Desayuno con prozac

Me gusta la sangre porque el rojo es su color. El rojo es el color del corazón. Un corazón humano bombea cinco litros de sangre cada minuto. Antes pensaba que mi corazón estaba muerto, pero solamente estaba dormido. Cuando levanto la vista puedo ver todo el rojo a mi alrededor. Me gusta vivir así.

El color de la muerte es el negro. El negro es la síntesis de todos los colores primarios. El negro es un color mucho más poderoso de lo que pensamos. Aún así, el negro casi nunca va solo. Por las calles podemos verlo junto al rojo.

Toda mi vida he visto lo mismo, siempre rojo y negro. Antes pensaba que era una putada, pero ahora veo que es parte elemental de la vida.

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Una brisa

Paseando por el campo me encontré con una brisa que susurraba un cuento:

“Para llegar al cielo hay que cruzar una escalera de cuatro escalones. El primero de todos es simplemente un clamor, ecos del infierno en el que se retuercen tus enemigos. El segundo es la sangre, y resbala haciéndote caer contra el acero. El tercero es un espejo donde, mires por donde mires, no verás nada. El cuarto escalón es el vacío. Pises por donde lo pises no verás el cielo, y caerás de cabeza contra el infierno.”

Es por eso por lo que me quedo con mis campos. Prefiero caminar en llano, y pisar con firmeza la tierra.

Ese maldito tipo

Hay un tipo que se pasea todos los días por mi calle en la misma dirección. Al pasar por delante de mi casa se gira y me mira fijamente. Desde la calle no se ve el interior por los cristales, pero sé que él puede verme, incluso a través del ladrillo. Cada día noto su presencia, lleva pasándome desde algún tiempo. Un día traté de salir a la calle para vernos cara a cara, pero cuando abrí la puerta ya se había marchado.

Actualización: Me ha parecido verle en mi jardín hace nada. Espero que sea mi subconsciente. Volveré a mirar ahora mismo. Tiene el pelo cano y largo, pero es calvo por la parte de arriba. Sus ojos son grandes, pero más grandes aún son sus ojeras.

Actualización: Vuelvo a mirar por la ventana pero no me lo encuentro. Decido que ya es hora de dormir y me acuesto. Duermo bien, pero el hombre ha estado toda la noche mirándome, creo que en mi habitación. Puedo sentirlo. Por la mañana me levanto y camino confuso hasta el lavabo. Allí levanto la cabeza y me doy cuenta: el hombre me mira a los ojos al otro lado del espejo.

El Krerr

El Krerr es una bestia terrible de inocente aspecto. Su pelaje es suave como el algodon y blanco como el azúcar. Tiene los ojos grandes y mira muy fijamente.

Cuando miras por la ventana de tu habitación puedes verlo durante unos segundos. Si esto pasa de continuo se convierte en la señal de que estás a punto de ser atacado. Un dia mirarás por la ventana y entonces este estará mirándote fijamente. Si dejas de mirarlo desaparecerá, pero solo para acercarse un poco más. El Krerr esperará a que tengas los ojos cerrados para atacarte, y la unica defensa que tienes contra él es mirarle fijamente.

El sinsentido

El horizonte es tan poco firme como el asfalto derretido por el vapor del infierno. El cielo es púrpura y a veces se apaga. No corre el viento, pero sí que se mueve el ambiente. Huele a nariz y el tacto es el propio de la piel. Cuando miro hacia el techo solamente veo el suelo, pero si miro hacia abajo puedo verme los pies. Sin embargo, nada de esto despierta tanto mi curiosidad como tu forma de ver las cosas. Vendería mi alma al herrero de las estrellas por pasar un día siendo tu ser, pero automáticamente dejaría de ser y mi trato con el herrero no tendría ningún sentido.

La carretera

El hombre de la frondosa barba gris y la ancha espalda recorría las carreteras a velocidad lenta. Vestía un largo abrigo de invierno, que le cubría como la manta que la madre extiende sobre su amado hijo. Tenía frío, y eso alimentaba todavía más al mayor de sus problemas. En su cara no lograba que floreciese la inocente sonrisa que solía vestir a diario. Sus ojos sudaban lágrimas como estrellas fugaces que recorren el firmamento. Es sólo una vuelta en coche a casa, pero eso es lo que más miedo le daba. Desde que tiene barba sus momentos más tristes siempre han sido de noche, volviendo a casa, estando solo en la carretera. Sus ojos siempre se fijan perdidos en el horizonte, tan negros como el hombre estaba por dentro, tan negros como la oscuridad de la noche. Negro es el color del asfalto, que cubre la carretera. Los neumáticos también lo son, siempre en contacto. El camino a sus ojos negros también era oscuro, pues eso es lo natural en la carretera.